Génesis 1: 1 – 25 Apóstol: R. j. Maestre C.
La
acción creadora de Dios, la orden dada por el creador, le dieron a la
naturaleza la capacidad de existir y subsistir, multiplicándose según su género
y su naturaleza, la forma y estructura de todas las cosas tanto de los seres
vivos como de los vegetales, así como también el universo mismo fueron formados
por la acción creadora de Dios, Dios habló y existieron. En el capítulo 1 de
Génesis, del verso 1 al 25 fueron creados el universo y toda le vegetación, del
primero al quinto día, el día sexto ordenó Dios a la tierra que produjera seres
vivientes, ganado y animales según su especie y fue así. En este momento de la creación notamos un especial cuidado de parte de Dios, el plural “Hagamos al hombre”, parece ser que había llegado el momento especial, se detuvo Dios para hacer a una especial criatura conforme a su imagen y semejanza, el ser humano no fue creado por una orden divina, fue formado con las manos de Dios, fue el sexto día que hizo Dios seres vivientes incluyendo al hombre, con quien tuvo un especial cuidado al momento de crearlo, sería un espíritu en esencia que habita en un cuerpo de barro que tiene un alma, la bendición de Dios fue sobre él y a él le entregó todo lo creado para que señoreara sobre ese lindo universo, os tiempos muestran que luego reposó Dios el día séptimo de toda su creación.
Dios había trabajado en
unos planos que había diseñado de ante mano, su universo y el hombre ya estaban
en la plataforma de la existencia, los tiempos que describe la escritura se
refieren a días de Dios aunque es un poco complicado contar tiempos por medio
de días en la eternidad, la escritura lo describe y si lo llevamos a nuestro
cronograma natural imaginamos que podrían ser cada día de Dios como mil años
para el hombre(2 Pedro 3: 8 – Salmos 90: 4). De modo que la escritura describe
con lujo de detalle los pormenores de las acciones de Dios.
Luego en el capítulo 2,
del verso 4 en adelante encontramos otra explicación más detallada de la creación.
La escritura narra los orígenes del
universo en los tiempos de su creación y encontramos que por alguna razón la
tierra se estaba reposando de un gran incendio “…Porque Jehová Dios no había hecho llover
sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra, sino que subía un
vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra.” (Gen. 2: 5, 6).
Sin duda algo había
acontecido que había causado un desajuste en las acciones creativas de Dios en
esa eternidad pasada pero también podemos notar el desinterés de Dios por esos
eventos al no describir a través de las escrituras claramente lo sucedido.
Lo cierto es que en medio
de todo ese escenario creó Dios a su especial criatura, a un hombre y una
mujer, dos géneros de seres humanos a su imagen y semejanza.
El trabajo de Dios no
terminó de inmediato. “Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al
oriente; y puso allí al hombre que había formado.
Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol
delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio
del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.” (Gen. 2: 8,9).
A partir del verso 7 del
Capítulo 2 de Génesis, las escrituras describen con detalle la creación del
hombre, dice que Dios lo formó del polvo de la tierra y sopló en su nariz
aliento de vida y fue el hombre un ser viviente. Luego lo puso en el huerto que
había preparado para él. Este huerto tenía la posibilidad de seguir siendo un
lugar eternamente fructífero porque era regado por cuatro ríos, una especie de
delta que poseía oro, bedelio y ónice; había riquezas allí aunque la sociedad
no estaba formada, ya Dios le había provisto al hombre de piedras preciosas y
oro, sin duda alguna todo eso era para él y su simiente aunque todavía no
existía mujer para procrear.
Al poner Dios al hombre
en el huerto de Edén y luego de entregarle todo lo que había hecho para él
allí, le dio una orden, un mandato que debía cumplir, se activó la naturaleza
del hombre para tomar decisiones como ser tripartito con libre albedrio. “Y
mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;
mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de
él comieres, ciertamente morirás.” (Gén. 2: 17).
La responsabilidad que
puso Dios en el hombre como ente moral, representante y administrador del
universo fue más allá de todos los límites, todo, absolutamente todo estaba a
su alcance, aun la muerte, si comía del árbol prohibido.
Ahora el hombre estaba en
el Edén y Dios intentó darle la ayuda idónea a través de un ejército de
animales y criaturas para que conviviese con ellas y fuese su amo y señor “mas
para Adán no se halló ayuda idónea para él”. (Gén. 2: 20). Fue cuando Dios creó
de Adán a su compañera, un ser como él pero de otro género, la mujer llenó las
necesidades del hombre. La institución de la familia en el huerto de Edén
ratifican la grandeza y el valor de la unión del matrimonio como unidad creado
y ente multiplicador de la genética de Dios, la honra e indivisibilidad de la
unión para vivir en armonía con el resto de la creación, la cual estaba a la
disposición del hombre y su mujer. La naturaleza divina operaba en esta pareja
de modo que no existían ningún tipo de temores ni maldad alguna en ellos, en su
estado de inocencia estaban desnudos y no sentían vergüenza. La pureza,
lealtad, el amor y la provisión de todo lo necesario para subsistir y procrear
estaban al alcance de su mano, no existía preocupación, la mano de Dios le
había suministrado y le suministraba todo absolutamente todo en Edén a ese
matrimonio.
Adán había comprendido la
indivisibilidad de la unión con su pareja y el valor de la unión que Dios le
había dado para ser padre de los vivientes, su tarea era llenar la tierra, un
esto de amor que tal vez Adán no comprendía y por esta razón no sería capaz de
mantenerse firme en conservar esa paz y esa bendición que Dios le estaba
poniendo en sus manos, él nunca había sufrido, no conocía el dolor, la
tristeza, el temor ni la muerte, todo era nuevo pero bueno, la maldad no estaba
en su naturaleza, vivía en la naturaleza divina.
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